Misa por las tres T. Barrio Santos Vega. 16/12/2016

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En el marco de la exhortación del Papa Francisco a cumplir con el "derecho sagrado" de las ´3 T´,el pasado viernes 16 de Diciembre, la Pastoral Social de la Diócesis de San Justo organizó una ´Misa por el Trabajo, la Tierra y el Techo´, en el Barrio Santos Vega . La misma fue presidida por mons. Eduardo García y estuvo concelebrada por los presbíteros Julio Chazarreta, Basilicio Britez, Claudio Pulli y Daniel Echeverría.

A continuación compartimos la Homilía de mons. Eduardo García

Siempre la Palabra de Dios nos tira una pista; porque hay muchas cosas que se van repitiendo en la historia, porque el hombre sigue siendo hombre. Y el pueblo elegido, el Pueblo de Dios; ese que vemos en la serie de Moisés, pasó muchas cosas y vio muchas cosas. Estuvo en el exilio después de haber alcanzado la tierra prometida y en cierto momento  de su historia se la creyeron pensando que eran los dueños de Dios. Eran el pueblo elegido y tenían el patrimonio exclusivo de Dios. Sin embargo, Dios les dirige su Palabra. Este texto del profeta Isaías es una de las proclamaciones más bellas de un amor de Dios que es para todos los hombres. Hay otros pueblos también. En Palestina, ahí cerquita de ellos, donde actualmente están matando a bombazos… los extranjeros residentes no eran considerados, disfrutaban de pocos derechos; eran siempre considerados ciudadanos de tercera categoría respecto a los dones de la salvación.
Los miraban de costado, y pensaban que no tenían derecho a que Dios les regalara dones; que los salvara como los salvó a ellos. Por eso Isaías, cuando leemos la lectura dice: "¡guarda! ¡Cuídense!. Más vale que en la vida practiquen el Derecho y la Justicia: ¡No se la crean! No son los dueños de Dios”. ¿Quién es el dueño de Dios, o aquel que atrae el corazón de Dios? Es aquel que practica el Derecho y la Justicia, no otro. No es por tradición, no es por sangre, no es por partido político que se tiene la exclusividad de Dios, sino por practicar el Derecho y la Justicia. 
Aparece entonces Dios, frente al Pueblo, como aquel que ama la Libertad, aquel que ama la Verdad, aquel que busca para los hombres la felicidad y que no excluye a nadie. No deja de lado a nadie; para Dios todos son Hijos, todos son dignos, todos tienen el mismo Derecho, todos tienen la misma Dignidad.
El Papa no se cansa de afirmarlo, y lo hace con la fuerza  de una profesión de Fe: ¡Todos los Hijos de Dios tienen el derecho al Trabajo, al Techo y a la Tierra!; Tierra, Casa y Trabajo son derechos sagrados, dice el Papa, porque esto lo cree la Iglesia; y la Iglesia cree lo que Dios nos muestra  y revela.

Es un crimen que millones de personas en el mundo sufran hambre;  sufran los efectos de la especulación financiera que condiciona el precio de los alimentos, tratándolos como cualquier otra mercadería; quitándoles la dignidad de vivir… simplemente de vivir. Todo hombre que vive en este mundo tiene una dignidad y nadie tiene derecho a quitársela. (Aunque de hecho hay muchos que se las van quitando) Estamos en el tiempo de los Derechos Humanos.
En el mundo existen muchas declaraciones de derechos, aunque gran parte del mundo se mata de risa. La Declaración de los Derechos Humanos del siglo pasado dice: `“Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.  Del mismo modo lo afirma el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 16 de diciembre de 1966: “Toda persona tiene el derecho a un nivel de vida digno para sí misma y para su familia, incluyendo alimentación, vestido y vivienda”.
Son los derechos del hombre. Nos asustamos de las violaciones humanas, de aquellas que sufren muchos en su carne, de aquellas que son noticia,  aparece un violador, aparece esto… pero sin embargo se violan tan tranquilamente los derechos humanos y por eso nadie va en cana. Y cuando alguien los viola y comete un ilícito hay que esperar años y años y años que se pruebe mientas que aquellos quienes sufrieron esa violación siguen sufriendo o sencillamente se mueren antes de ver esa justicia tan largamente esperada.
Derechos que son violados sistemáticamente por los que se creen los dueños del mundo, de una economía que no pone al hombre en el centro sino que pone el propio bolsillo, el propio interés, el propio lugar, la propia aspiración, el propio partido.
Todos se pone adelante del hombre;  y de esto una prueba evidente es lo que en la visita a este barrio nos fueron mostrando los vecinos: las casas que están y no se dan; las casas que no se terminan porque falta este detalle, falta una firma, porque aquel, porque el otro se lleva bien, porque le cae simpático, porque no le cae simpático… y mientras tanto la dignidad sigue esperando y los derechos siguen siendo violados. Quizás nadie va a decir Fulano viola el derecho del hombre porque no pone la firma donde tiene que ponerla en el tiempo oportuno pero si  es una violación, porque si alguien está sufriendo a causa de ello porque no tiene su derecho a la vivienda, alguien está violando su derecho, porque la vivienda es un derecho. Y así como el hambre es asesina, la intransigencia también es criminal. Cuando vemos que hay cosas que  no se hacen, se mira para otro lado ahí también podemos decir que hay crímenes. No serán de lesa humanidad pero sí son contra la fragilidad humana y siguen siendo crímenes porque se viola un derecho, no se le está permitiendo al hombre vivir con dignidad.

En el Evangelio de hoy nos encontramos otra vez con Juan el Bautista, él va anunciando a Jesús, el Mesías, y lo muestra. Señala a aquel que le va a mostrar a los hombres, y nos muestra a nosotros, cual es la dignidad a la que estamos llamados. La verdad sobre nosotros nos la muestra Jesús. Lo mostro desde chiquito, incluso sin darse cuenta. Él nació como un sin techo, diríamos como un homeless, buscando un lugar donde vivir porque los hombres le negaban un lugar. Seguramente en Belén había otros con más plata que podían pagar el albergue donde se estaba haciendo el censo o que tenían algún amigo que les facilitaba  el lugar, o una monedita puesta de costado también… Jesús nació en una cueva, en un hogar que no era propio, pero sin embargo ese techo precario de la cueva, por la dignidad  con la que vivían José y María antes de llegar a ese lugar, pudo ser un hogar. No fue casa, pero fue un hogar, porque tenían la experiencia del hogar; tenían la experiencia de la casa  y del hogar. Y por eso José pudo seguir andando y, aunque tuvo que huir de su tierra, tuvo en Egipto una casa y un hogar. Lucho para que su familia tuviera una casa y un hogar, porque no es solamente el techo por lo que se lucha. Se lucha por tener un hogar, un espacio donde se pueda crecer; un espacio donde se pueda socializar; un espacio donde se puedan encontrar unos con otros; un espacio donde se pueda jugar, dormir… un espacio donde se pueda sentir seguridad, a resguardo, un espacio donde se pueda proyectar un futuro sin temor a que mañana no esté;  porque eso es una casa y un hogar, un espacio donde se crece, se desarrolla, se construye.
Estamos pidiendo en esta Misa por eso. Estamos pidiendo por este barrio, estamos pidiendo para que el Techo no le sea negado a nadie. Y no solamente que no le sea negado, sino que se termine finalmente de una vez por todas aquello que se ha comenzado y se puedan habitar estos lugares que están con poquito para terminarse. Y pedimos por eso. No pedimos para que se hagan porque hay muchos que están hechos. Pedimos para que se terminen, para que aquellos que tienen que decidir, decidan; para que aquellos que tienen que firmar, firmen; para que la especulación no esté por delante de la realidad y la dignidad de los hombres; para que la cosa oscura o rara no esté por delante de la necesidad de aquellos que están buscando, aquello que les corresponde que es un techo y un hogar. Pidamos por eso. Juan el Bautista era una voz que clamó en el desierto. Nosotros no estamos en el desierto aunque pareciera que sí. Por eso clamamos, por eso pedimos; por eso tenemos que, al igual que Juan el Bautista, hacer oír nuestra voz para que las cosas no pasen inadvertidas. Los que tenemos muchos años estamos cansados de que nadie termina lo que otro empieza. En el fondo quien sufre es el Pueblo.
Nadie termina lo que otro empieza… tenemos enormes ´Elefantes Blancos´, tenemos proyectos que nunca concluyen, pareciera que se vengan unos de otros, pero se vengan en los que más sufren; en aquellos que son más vulnerables; en aquellos que no tienen capacidad ni posibilidad de oponerse  ni de poder luchar porque a veces existe también el temor: “a ver si lo poco que tengo también me lo sacan”.
Pidámosle al Señor que podamos vivir en la Justicia y en la Verdad, ¡todos! Nosotros, aquellos que administran los bienes de Dios que no son los dueños de nada. El dueño es Dios y el hombre, y no algunos. Pidamos que quienes tienen que administrar la Justicia sean capaces de escucharlo. Si no escuchan a Dios, sean capaces de escuchar el clamor del Pueblo.


Mons. Eduardo García

Obispo de San Justo

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